Humanos

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La especie humana, originaria del continente místico de Kel, llegó a Aarklash a principios de la edad del Renacimiento. Cazados por aquel entonces en su tierra natal, los hombres se echaron a la mar con la esperanza de encontrar nuevos horizontes que conquistar.

Por desgracia, no todos estaban de acuerdo con la manera de proceder y pronto surgió la discordia. La especie humana se fragmentó a medida que tomaba posesión del nuevo continente. Los hombres se destrozaron mutuamente por exceso de ambición, en nombre de una ideología o re la religión; así crearon poderosas civilizaciones mecidas por el sol, acariciadas por el viento o ávidas de sangre. Muy pronto, algunos tomaron las Vías de la Luz, otros prefirieron seguir los Caminos del Destino, otros incluso se extraviaron por los Meandros de las Tinieblas.

Incluso más que los demás pueblos, las naciones humanas brillan por la complejidad de su cultura, la riqueza de su saber y el prestigio de sus soberanos. Todo esto no sería posible sin la permanente guerra que enfrenta a los unos contra los otros. En efecto, un instinto conquistador y fratricida gobiernas el destino humano. Al contrario que los enanos, los humanos no comparten un instinto de fraternidad inmediato. Su cultura de origen y su medio social son factores determinantes cuando deben interrelacionarse los unos con los otros. Un humano es capaz tanto de lo mejor como de lo peor; del espíritu de sacrificio más desinteresado como de la tortura más abyecta.

La Ciudad Franca es el símbolo de la disparidad de los hombres. Viajantes y diplomáticos de todos los horizontes se apretujan y se dejan aplastar por los odios seculares. Los Cadwës humanos, descendientes de esta noble y mortífera raza, pueden enorgullecerse de la riqueza de sus linajes. ¿Han heredado igualmente la gloriosa maldición de sus padres, o sabrán superar sus diferencias para encontrar la prosperidad?

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